Falleció Jack Fuchs Z”L

Falleció el emblemático sobreviviente y divulgador de la Shoa y socio ilustre de Hacoaj Jack Fuchs Z”L
El Club Náutico Hacoaj lamenta informar que el jueves 24 de agosto falleció Jack Fuchs Z”L, quién fuera uno de los sobrevivientes y divulgadores de la Shoá (Holocausto) más emblemáticos  de la Argentina y socio ilustre del Náutico. Por años se dedicó a transmitir su experiencia a través de centenares o miles de páginas en forma de libros, artículos periodísticos, colaboraciones, así como horas y horas de documentales, mesas redondas e infinitas charlas.

Foto JACK

JACK FUCHS Z”L.

Por Gabriel Rozenzon, director de Comunicaciones del Club Náutico Hacoaj 

Corrían los años setentas u ochentas. Jack ya era socio de Hacoaj y, como tantos otros, disfrutaba con su familia de la vida del Club. Tenía su grupo de tenis, con el que también compartía almuerzos y tardes de café, así como charlas sobre cine, libros y alguna que otra discusión política. Le gustaba Hacoaj. Se sentía cómodo. Su hija se había integrado bien. Incluso, había comprado un departamento de otro lado del río, para aprovechar mejor los fines de semana. Sus amigos sabían que Jack era inmigrante (lo delataban las gruesas “erres” de su voz grave), que había vivido en varios países antes de llegar a la Argentina (en sus conversaciones mezclaba palabras en idish, inglés, francés y alguna que otra en alemán) y que tenía un taller de lencería. No mucho más.

Hasta que un día de 1991 su historia, una historia que había guardado muy dentro de sí por más de cuarenta años, salió a la luz.

 

Jack, el papá de Marianne, el hombre del humor ácido y rápido para los retruques, el de la mirada intensa de brillantes ojos negros y de silencios a veces enigmáticos, Jack Fuchs, el amigo de tenis, era un sobreviviente de la Shoá.

No sin conflictos, no sin dolor ni fuertes contradicciones internas, sobrecogido por el sentimiento de culpa por haber sobrevivido -cuando seis millones fueron asesinados sólo por ser judíos- su silencio de cuatro décadas fue encontrando un cauce.

El hombre que había perdido todo, su familia, sus amigos, sus posesiones, el hombre que había atravesado el infierno nazi -cuya descripción cabal escapa a la racionalidad-, ese hombre tan cercano a nosotros y que guardó dentro de sí un rescoldo de humanidad, pudo transformarse, reinventarse, encontrar un sentido a su segunda vida: El de dar testimonio.

Pero no sólo eso, que de por sí es más que valioso. El de Jack fue un testimonio que conmueve, pero que fundamentalmente nos incluye porque nos interroga, nos obliga a reflexionar y, de muchas maneras, nos transforma.

Con el tiempo fueron surgiendo de su boca (y de sus manos, su cabeza y su corazón) centenares o miles de páginas en forma de libros, artículos periodísticos, colaboraciones, así como horas y horas de documentales, mesas redondas y, por sobre todo, infinitas charlas enmarcadas en el magnetismo que caracteriza la cadencia de su hablar.

Si tuviéramos que elegir una característic

a central en el testimonio de Jack Fuchs, podríamos hacer hincapié en el rescate que hacía de la vida judía en su Polonia natal, previa a la Shoá. Su infancia en Lodz, donde jugaba a la pelota en las calles e iba a la escuela y al jeder; su juventud, en la que descubrió un mundo intenso, de conflictos entre los dictados de la tradición y los nuevos vientos, confusos y arrasadores, de la modernidad. Lodz era una ciudad industrial, populosa y agitada. Más de un tercio de su población era judía. En ese contexto, Jack se sumó a la militancia juvenil en el Bund, partido de la izquierda judía, con fuerte protagonismo en la política de Polonia. En aquellos años juveniles, en los que se forma y consolida la personalidad, le nació ese espíritu inconformista, que no se queda en la superficie de las cosas, que busca llegar a lo más profundo. Y siempre, siempre, con un inconfundible rasgo de humanidad. Su casa estuvo abierta a quien quisiera charlar, intercambiar ideas, proponerle un proyecto o -simplemente- escucharlo hablar. Eso sí, era “obligatorio” compartir los panqueques del desayuno o su exquisito pan de carne. Y luego de unas horas, que siempre se pasaban volando, uno se iba a continuar con su vida muy bien alimentado, en cuerpo y en espíritu.

A más 70 años de la era más oscura, dolorosa y aún inexplicable que atravesó la humanidad, nos quedan sus palabras, sus enseñanzas, sus mensajes, sus preguntas. Incluso sus silencios.

 

 

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